Romanos 2:25 dice: “Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la Torá; pero si eres transgresor de la Torá, tu circuncisión viene a ser incircuncisión”. Este versículo es decisivo porque Shaúl no empieza diciendo que la circuncisión carece de valor en todo sentido. Dice que aprovecha, y luego pone el problema real: la transgresión de la Torá.
Ese punto debe ser tomado con exactitud. El pasaje no presenta la circuncisión como ilusión vacía o como práctica abolida sin resto. La reconoce como algo que tiene utilidad dentro de un marco donde la obediencia importa. El problema aparece cuando alguien posee la señal pero vive como transgresor. Entonces la señal queda desmentida por la conducta del hombre.
Esto encaja perfectamente con la línea ya vista en la Torá y en los Profetas. La señal no basta por sí sola. El corazón y la vida deben corresponder a ella. Pero ese hecho no equivale a decir que la señal ya no tenga lugar. Shaúl no razona así. No dice: “la circuncisión ya no sirve en ningún sentido”. Dice algo más preciso y más incómodo para las lecturas simplistas: sirve, pero no como cobertura para la rebelión.
Más adelante, en Romanos 2:28–29, Shaúl habla del verdadero Yehudí y de la circuncisión del corazón, en espíritu y no en letra. Este lenguaje no es una invención aislada de Shaúl. Viene directamente de Devarim. Por eso no debe leerse como si introdujera una oposición nueva entre señal física y realidad interior. Está retomando una categoría ya presente en la Torá.
Aquí otra vez el problema real es la falsedad del hombre que se apoya en una marca visible sin obediencia verdadera. Shaúl denuncia la confianza carnal en una pertenencia exterior cuando el corazón no corresponde al Elohim del pacto. En ese sentido, su argumento se mueve en la misma línea que Yirmeyah: se puede portar la señal y, sin embargo, ser desenmascarado por la realidad interior.
Pero debe evitarse una lectura abusiva. Romanos 2 no dice que la circuncisión del corazón sustituya automáticamente la circuncisión en la carne como si el segundo elemento hubiera sido revocado. El pasaje corrige una falsa seguridad basada en lo exterior, no formula una abolición expresa de la señal pactual. Quien convierta este texto en prueba de cancelación total está añadiendo una conclusión que Shaúl aquí no formula de manera directa.
Romanos 3:1–2 fortalece todavía más este punto. Shaúl pregunta: “¿Qué ventaja tiene, pues, el Yehudí? ¿O de qué aprovecha la circuncisión?” Y responde: “Mucho, en todas maneras”. Esta respuesta es demasiado clara como para ser neutralizada por lecturas posteriores. Si Shaúl pensara que la circuncisión hubiera quedado sin valor en todo sentido, este sería el lugar natural para decirlo. Pero no lo hace. Dice lo contrario: hay provecho, y mucho.
Esto no significa que la circuncisión sea presentada aquí como medio de salvación ni como base de justicia delante de Elohim. Romanos no enseña eso. Pero sí niega la idea de que la circuncisión sea simplemente “nada” en sentido absoluto o que haya perdido todo lugar en la economía pactual e histórica del pueblo. La pregunta se hace, y la respuesta de Shaúl es afirmativa, no despectiva.
Este versículo es especialmente importante porque obliga a leer Romanos con equilibrio. No se puede usar Romanos 2 contra la circuncisión como si Romanos 3 no existiera. Shaúl critica la transgresión, la hipocresía y la falsa seguridad carnal; pero al mismo tiempo afirma que hay ventaja real en la identidad judía y provecho real en la circuncisión. Esa tensión debe mantenerse en lugar de ser resuelta artificialmente por una teología de abolición total.
Romanos 4 introduce un punto fundamental al hablar de Avraham. Shaúl dice que Avraham recibió la circuncisión como señal y sello de la justicia de la fe que ya tenía estando aún incircunciso. Aquí el apóstol toca el corazón de la relación entre fe y señal. La justicia de Avraham no fue producida por la circuncisión. La señal vino después.
Esto es muy importante porque destruye la idea de que la circuncisión sea el fundamento de la justificación. Avraham fue contado justo antes de recibir la señal. Por tanto, la circuncisión no puede ser presentada como mecanismo que crea justicia delante de Elohim. Shaúl usa precisamente a Avraham para bloquear esa falsa lectura.
Pero, otra vez, el texto no dice que la señal por eso carezca de lugar. Al contrario, la llama señal y sello. Es decir, Romanos 4 niega que la circuncisión sea la fuente de la justicia, pero no niega que tenga una función pactual real. Shaúl no borra la señal; la ubica en su lugar correcto. Primero la fe que justifica, luego la señal que sella. Esa secuencia es decisiva.
El orden de Romanos 4 debe entenderse bien. Que la justicia venga antes de la señal no significa que la señal quede anulada. Significa que la señal no es la causa de la justicia. Eso es distinto. El argumento de Shaúl no apunta a demostrar que la circuncisión fue abolida, sino que Avraham puede ser padre de todos los que creen, tanto circuncidados como incircuncisos, porque su justificación no dependió del momento en que recibió la señal.
Este punto ayuda mucho a corregir el error de confundir señal con salvación. La fe y la justicia ocupan un lugar que la circuncisión no puede usurpar. Pero al mismo tiempo, la circuncisión sigue siendo llamada señal y sello. Romanos 4 no trata la señal como engaño, ni como resto inútil, ni como mandamiento vergonzoso que deba ser dejado atrás. La deja en pie, pero en su orden correcto.
Por eso, el razonamiento de “Avraham fue justificado antes de circuncidarse, luego la circuncisión ya no importa” no sigue realmente al texto. Lo que sigue al texto es otra cosa: “Avraham fue justificado antes de circuncidarse, luego la circuncisión no es base de justificación”. Esa conclusión sí brota de Romanos 4. La otra añade más de lo que Shaúl dice.
Romanos sí niega varias cosas con claridad. Niega que la posesión de la señal garantice justicia si el hombre vive en transgresión. Niega que la circuncisión sea medio de justificación delante de Elohim. Niega que la identidad exterior baste por sí sola sin correspondencia interior. Niega también que Avraham deba ser reducido al padre solo de los circuncidados en la carne, porque su fe previa a la señal lo abre como padre de todos los que creen.
Estas negaciones son reales y deben afirmarse sin suavizarlas. Sería un error usar Romanos para defender confianza carnal en la señal exterior o para volver a la idea de que la justicia procede del acto de circuncidarse. Shaúl combate precisamente eso. En este sentido, Romanos es una corrección severa a cualquier lectura que convierta la señal en base de salvación o en escudo contra el juicio de Elohim.
Por eso, el estudio debe ser honesto: Romanos sí hiere con fuerza toda falsa teología de justificación por circuncisión. No puede ser utilizado para sostenerla. Pero una cosa es negar esa teología, y otra muy distinta es afirmar que Shaúl por eso haya abolido la señal misma.
Con la misma claridad, Romanos no anula varias cosas. No anula que la circuncisión tenga utilidad cuando se la ubica en el marco correcto. No anula que exista ventaja del Yehudí y provecho de la circuncisión. No anula que la circuncisión sea señal y sello en el caso de Avraham. No anula la categoría misma de circuncisión como realidad pactual. Y no dice explícitamente que Bereshit 17 haya sido revocado.
Tampoco transforma la circuncisión del corazón en prueba automática de sustitución total de la señal física. Romanos 2 y 4, leídos juntos, impiden ese salto. Uno corrige la confianza en lo exterior sin obediencia; el otro ubica la señal después de la justicia de la fe sin convertirla en nulidad. La línea de Shaúl es más precisa que la de las lecturas que quieren hacerlo hablar de abolición total.
La conclusión sobria de este capítulo es esta: Romanos niega la justificación por circuncisión, niega la suficiencia de la señal exterior sin obediencia y afirma la centralidad de la fe. Pero no presenta la circuncisión como realidad abolida en todo sentido. Reconoce su utilidad, su provecho y su función como señal y sello. Por tanto, Romanos debe leerse como corrección de una falsa confianza en la señal, no como cancelación explícita de la señal del pacto.